La innovación en una tecnología a menudo termina de alimentar a otras tecnologías no relacionadas, creando algo nuevo e inesperado. Russell Davies puede ser director de Planificación en Ogilvy & Mather, pero cree que cuando se trata de la Internet de las Cosas, la innovación tiene que ver con “bromear” en lugar de pensar mucho.

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febrero 2015
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¿Recuerda al pez cantor Billy Bass, el extraño pez animado que se convirtió en toda una novedad hace algunos años? Parecía un trofeo común de un pescador, pero cuando se presionaba el botón del marco, de repente cobraba vida y comenzaba a cantar ‘Take Me to the River’ (Llévame al río) o alguna otra divertida canción relacionada con el agua.

Ahora, imaginemos que este pececito tenía la inteligencia de un smartphone promedio. Hubiera sabido en qué lugar del mundo se encontraba. Qué hora era. Cómo era el clima. Quién ganaría el partido de fútbol. Si los trenes estarían atrasados. Y, si le grabara su información de perfil, sabría también cuál de sus amigos de Foursquare estaría cerca y cuál de sus bandas favoritas tocaría en el área. Sabría un montón de cosas. Con algunas características simples de conversión de texto a voz en su cabeza y un poco de ingenuidad, podría decirle todo tipo de cosas interesantes y útiles con solo presionar ese botón. Y usted presionaría ese botón, ¿no?

Bueno, ya se hará algo como Billy. Está destinado a hacerse. Los aparatos electrónicos económicos, los plásticos económicos y la inteligencia económica se unirán con los feeds de datos gratis que están presentes en todos lados para crear cientos de productos iguales a él. Es la magia retorcida que surge de dos olas de innovación que colisionan: el flujo de datos de Internet y el mar de cosas surgidas de las fábricas chinas. Eso está ahí, en la Internet de las Cosas.

Por supuesto que no es la Internet de las Cosas que conocemos, como cuando hablamos sobre aplicaciones y no necesariamente reconocemos el poderoso fenómeno que representa iFart. Pero es la que me parece más interesante. El próximo gran paso tecnológico –sea que lo llamemos la Internet de las Cosas, Web 3.0 o Ubicomp (es decir, computación ubicua) – se tratará de quitar la Web de la pantalla e incorporarla en las cosas de la vida cotidiana.

“Es una nueva generación de objetos extraordinarios, como globos de pingüinos robóticos, cuadricópteros que pueden jugar al tenis o conejos que funcionan con Wi-Fi para dar el pronóstico del tiempo”.

Y eso será más emocionante cuando no se trate de cosas esperables, como electrónica de consumo, control de la calidad del aire o el tan temido refrigerador con Internet. Será la innovación ascendente cuando juntemos inteligencia y conectividad en nuestros saleros, nuestros portarretratos y nuestros sombreros. No porque tengamos una irresistible razón para hacerlo, sino porque podemos hacerlo, porque se está tornando fácil.

Las innovaciones más originales surgen de las bromas, no de pensar mucho. Quizás es por eso que todo esto está sucediendo ahora: los componentes son cada vez más pequeños y baratos, la computación se está volviendo prescindible y las redes son cada vez más fáciles, pero no creo que esto sea solo gracias a la tecnología. Sino a una generación de inventores que aprendieron la importancia que tiene poder crear objetos en la Web de forma rápida y barata, y quieren probarlo en el mundo real. Esto, para mí, es tan emocionante como el día en que descargué un navegador. Estamos viendo cómo la conectividad y el poder de la Web se escapan de nuestros dispositivos hacia nuestros objetos. Los objetos cotidianos, sí, pero también una nueva generación de objetos extraordinarios, como globos de pingüinos robóticos, cuadricópteros que pueden jugar al tenis o conejos que funcionan con Wi-Fi para dar el pronóstico del tiempo.

Son diferentes porque no existen detrás de una pantalla; están en el mundo real, son construidos a partir de la física real y no son simulaciones, tienen masa y velocidad, y olor. Existen algunos aspectos perturbadores en todo esto y cuestiones con las que debemos ser cautos (la necesidad de una mayor vigilancia, el uso inadecuado de dineros públicos o el abuso de espacios públicos), pero todo será una gran aventura pública.

Matt Webb, director general de la consultora de diseño BERG, con sede en Londres, usa una buena frase para describir el origen de estas innovaciones. Lo llama ‘inteligencia artificial fraccionaria’, que es similar a la idea de caballos de fuerza fraccionarios. Dice lo siguiente: cuando aparecieron las máquinas eléctricas para aliviar el trabajo de las personas, eran aparatos enormes para las fábricas, que hacían trabajos grandes e importantes y que cambiaron la industria y el comercio. En la medida en que estas unidades eléctricas fueron siendo más pequeñas y baratas, comenzaron a incorporarse en nuestros hogares, para hacer tareas, como limpiar, lavar o cocinar. En esto reside la noción de caballos de fuerza fraccionarios, y no solo cambió nuestras industrias, sino también nuestras vidas.

Matt sostiene que estamos viviendo lo mismo con la inteligencia artificial. Solía ser una cuestión grande, importante de la ciencia de la computación, máquinas grandes, tareas importantes, doctorados. Pero si buscamos evidencia de inteligencia artificial en el mundo actual, seguramente la veremos en jugueterías, en los aburridos juguetes de antes que ahora cobran una vida irresistible a partir de pequeñísimas cantidades de inteligencia artificial y en algunos mecanismos económicos.

Elmo Cosquillas es el ENIAC de la inteligencia artificial fraccionaria. Los juguetes están cobrando vida, se están comportando como si nos conocieran y, enseguida, nos cautivan y convencen. Una cámara digital común puede reconocer alrededor de veinte caras diferentes. ¿Cuánto faltará para que esa inteligencia llegue a las Barbies y que puedan llamarlo por su nombre?

Esa es solo la cuestión relacionada con la inteligencia.

Para hacer una Internet de las Cosas, hay que agregarle algo de conectividad. Y luego, cuando estos objetos que presentan una leve inteligencia empiezan a comunicarse entre sí y con objetos mucho más inteligentes de la red, entonces obtendremos aún más magia.

Este es un ejemplo real. Los GlowCaps es decir, frascos de píldoras que saben cuándo debe tomar su medicación, están a la venta en EE.UU. Si no toma la píldora, los frascos se iluminan y suenan, luego suenan más fuerte y, más tarde, lo llaman por teléfono. Incluso le envían a usted y a su médico una actualización mensual de su progreso. Y si continúa la confusión, podrían perfectamente llevar las cosas al mismísimo Presidente. Y estos son solo frascos de píldoras, que son muy baratos, pero están enlazados en una red de objetos con inteligencia y conectividad, para crear algo nunca antes visto.

“The average digital camera can recognize about 20 different faces. How long before that intelligence is embedded in your Barbie so she can address you by name?”

El único problema es que esto no es tan fácil de hacer en los objetos. La Web era sencilla porque uno podía aprender solo sobre HTML y crear cualquier cosa que quisiera. Podía estar atrapado detrás de una pantalla, pero mientras estuviera ahí, podía hacer cualquier cosa. La Internet de las Cosas no es tan fácil. Masa real significa fricción real; si comparte algo en el mundo real entonces ya no lo tiene más. La ventaja de esto es que se siente mucho más mágico cuando las cosas suceden.

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