Peter Diamandis tiene un sueño: abrir la última frontera de la Tierra para las empresas privadas. Esta es la historia de cómo un hombre dio el puntapié inicial para una nueva e inquietante era de exploración espacial.

Escrito por
Cyrus Shahrad
Publicación
octubre 2012
Temas

En febrero de 2012, Peter Diamandis se subió al escenario de TED para hablar del tema que da forma sustancial a su nuevo libro, del cual es coautor, Abundance: The Future is Better than you Think (Abundancia: el futuro es mejor de lo que se cree). Después de que se mostró un aluvión de imágenes de malas noticias de cruceros hundidos, hambruna en Somalia y fanfarrias negras del apocalipsis financiero en la pantalla que se encontraba detrás de él, Diamandis refutó la noción de un mundo en caída libre.

En una era de sobrecarga de información, dijo, los centros de advertencia primitivos de nuestros cerebros animales siguen dando prioridad a las malas noticias por sobre las buenas por el instinto de supervivencia. Esto explica la mentalidad mediática existente que se basa en la idea de que lo sanguinario vende. Aun cuando figuran en los titulares, las noticias positivas, muy a menudo, pasan inadvertidas. Solo en el último siglo, la esperanza de vida se ha duplicado, el ingreso per cápita se ha triplicado, y la mortalidad infantil ha disminuido diez veces. Y con la tasa exponencial del desarrollo de las tecnologías emergentes, como la inteligencia artificial (IA), la robótica y la fabricación digital, Diamandis sostiene que la humanidad no solo sobrepasará sus problemas actuales, sino que avanzará más en las próximas dos décadas que en los últimos dos siglos.

Donde otros ven nada más que crisis, Diamandis ve oportunidades. Esto no se ve en ningún lugar con tanta claridad como en la industria de la exploración espacial. Dicha industria, a su vez, suele asociarse a este empresario de 51 años que estudió en el MIT y en Harvard, que es hijo de padres inmigrantes griegos y que nació en el Bronx de Nueva York. Cuando la última misión de una nave espacial dio vueltas hasta detenerse en la pista del Centro Espacial Kennedy en julio de 2011, al clima de escepticismo inexorablemente establecido que se apoderaba del mundo se le sumó una necrología mordaz en The Economist titulada “El fin de la era espacial”. Sin embargo, para Diamandis, marcó el comienzo de algo nuevo: el traspaso del poder de las garras codiciosas de los gobiernos y de las agencias estatales a las manos de los humanos en la Tierra.

“En los siglos quince y dieciséis, cuando los primeros exploradores se adentraron en los océanos, las misiones eran esporádicas y arriesgadas”, dice Diamandis. “No fue hasta más tarde, en los siglos diecisiete y dieciocho, cuando creamos la primera relación comercial entre el nuevo mundo y el viejo mundo, que esas misiones se volvieron más seguras y frecuentes, y que se observó la apertura del Atlántico. La situación es similar en el espacio. Durante 50 años, tuvimos programas gubernamentales que se ponían en marcha y se detenían, y que hicieron el trabajo maravilloso de mostrar qué se podía hacer en esos primeros tiempos. Pero hasta que no aprovechemos los motores económicos que abren las puertas del espacio, no comenzaremos a transitar la verdadera historia de la exploración espacial. En lo que a mí respecta, eso es solo el comienzo”.

Hasta que no aprovechemos los motores económicos que abren las puertas del espacio, no comenzaremos a transitar la verdadera historia de la exploración espacial. En lo que a mí respecta, eso es solo el comienzo

Diamandis considera que los problemas de la industria espacial patrocinada por el gobierno están vinculados no solo a los costos exorbitantes de la navegación espacial, sino también a una actitud de resistencia contra los riesgos por miedo a las investigaciones federales y a la vergüenza mundial que se expone cuando no se obtienen los resultados esperados. En este escenario, la NASA puso en práctica una política de no reparación para los sistemas y equipos que no estén realmente rotos. Como resultado, las naves Discovery, Atlantis y Endeavour volaron con un programa informático de 20 años de antigüedad, algo que parece ridículo para una nueva generación de empresarios que cuentan tanto con el capital como con el carácter para correr los riesgos que el progreso exige.

“Vivimos en un planeta con unos 1.000 o 2.000 multimillonarios, para muchos de los cuales la exploración espacial era una fuente de inspiración durante su infancia en la década de los sesenta. Y se empieza a observar que una cantidad significativa de ellos comienza a invertir en el espacio”, explica Diamandis. “A diferencia de las agencias gubernamentales, estas personas se ven motivadas por la creación de negocios viables y por la obtención de flujos de ingresos factibles. A medida que asuman los riesgos necesarios para hacer que eso suceda, se reducirán los costos de la operación espacial. Y como consecuencia, se involucrarán cada vez más personas, y será posible hacer cosas más asombrosas. Es una era emocionante”.

Comparen eso, dice, con la manera en la que la NASA se las ingenió para hacer de la actividad espacial algo tan aburrido por culpa de su precaución, aislamiento y falta de entusiasmo en las misiones. (Diamandis irónicamente advierte que las operaciones exitosas se consideran “nominales”, en vez de “fenomenales”). Si la próxima generación va a ver la exploración espacial como una alternativa viable a los videojuegos, esto debe darse de manera participativa, algo por lo que Diamandis se ha esforzado al máximo para alcanzar a través de una serie de empresas.

Zero G ha llevado a más de 12.000 personas en un Boeing 747 modificado para lograr estados de ingravidez al realizar arcos parabólicos. Space Adventures, Ltd ha llevado a ocho turistas comerciales en vuelos espaciales orbitales y planea enviar dos astronautas comerciales en una misión alrededor de la luna en el 2017 (por un costo de 150 millones de dólares por asiento). Al mismo tiempo, la Rocket Racing League en estado embrionario se imagina aviones cohetes a toda velocidad por pistas aéreas en estadios desiertos como en el maratón de carreras en cápsulas de La guerra de las galaxias.

No obstante, Diamandis es principalmente conocido por su premio X PRIZE, una competencia que lanzó en 1996 para catalizar la exploración espacial del mismo modo que lo hicieron los grandes premios de aviación de principios del siglo veinte. Ofreció 10 millones de dólares al primer equipo privado que hiciera su propia nave, y la volara en el espacio suborbital y la aterrizara de manera segura dos veces en dos semanas. La SpaceShipOne, diseñada por Burt Ratan y financiada por el cofundador de Microsoft, Paul Allen, superó el desafío en 2004, lo que dio lugar a la teoría de Diamandis de que tanto el carácter arriesgado como el capital necesarios para dar un puntapié inicial a la exploración espacial yacen en las manos de los empresarios y no de las agencias espaciales en la Tierra.

“Lo más importante es que estas personas quieren cumplir sus sueños de la infancia”, dice. “Crecieron con la motivación de las misiones de Apollo y de los episodios de Star Trek, y con la expectativa de que la exploración espacial avanzaría mucho más de lo que ha avanzado hasta el día de hoy, Ahora, pueden permitirse ir y hacerlo por sí mismos. En segundo lugar, muchas de estas personas reinventaron las diferentes industrias: Larry Page y Sergey Brin reinventaron la industria de la información con Google; Jeff Bezos reinventó la industria de las compras con Amazon; Elon Musk reinventó la banca con PayPal. Y cuando alguien ha reinventado dichas industrias gigantescas y observa el lento progreso de la NASA, comienza a pensar que quizá podría hacer las cosas mucho mejor”.

Y ellos lo han hecho mejor. Con SpaceX, Diamandis observa a Elon Musk lograr en 10 años lo que la NASA no pudo lograr en 40: reducir el costo del lanzamiento de los cohetes a una fracción de lo ofrecido por la principal competencia y, como consecuencia, ofrecer incontables oportunidades de vuelo espacial comercial y federal. Richard Branson ha reclutado a Burt Ratan para diseñar la SpaceShipTwo para Virgin Galactic, con lo cual podría encabezar una era de turismo espacial suborbital ya en 2013 y crear una nueva generación de exploradores entusiastas en el camino.

En lo que a él respecta, Diamandis continúa dividiendo su tiempo entre una serie de compromisos: desde el reciente anuncio de un segundo premio X PRIZE de 10 millones de dólares por la invención de un “tricodificador” al estilo Star Trek (un dispositivo de mano capaz de escanear el cuerpo humano y de diagnosticar enfermedades) hasta la supervisión de Singularity University, una institución que fundó conjuntamente con su amigo y compañero futurista Ray Kurzweil para educar a estudiantes innovadores capaces de anticiparse al futuro mediante cursos de posgrado y de negocios en el área de las tecnologías emergentes. Recientemente, Diamandis también fundó una nueva empresa, Planetary Resources, que tiene como objetivo usar robots para extraer metales preciosos y combustible de los asteroides, un emprendimiento muy desafiante que ofrece una idea clara sobre su enfoque de poner en marcha proyectos para los que no existe un plan de acción preestablecido.

“Se trata de encontrar personas que combinen las proporciones adecuadas de experiencia y de determinación con un deseo de saltar a lo desconocido, y de encontrar a los inversionistas adecuados para ayudar a desarrollar un motor económico creativo que se pueda sostener durante décadas. La actividad minera en asteroides es un gran y audaz objetivo. Será difícil de lograr, pero no imposible. Nosotros, como humanos, normalmente hacemos estas cosas: analizamos las operaciones modernas de perforación en aguas profundas, para lo que se invierte entre 5 y 50 mil millones de dólares por el montaje de robótica sobre el lecho marino, lo que hubiese parecido imposible no hace mucho tiempo. Lo mismo sucede respecto del espacio: se trata de hacer posible lo imposible, de darnos cuenta de que podemos lograr cualquier cosa que nos propongamos una vez que reunamos las personas, la tecnología y el capital adecuados”.